Diego García es un diminuto atolón en el centro del océano Índico que casi nadie podría ubicar en un mapa. Sin embargo, su importancia va mucho más allá de su escaso tamaño. A comienzos del siglo XX, Panamá aún no era la nación que conocemos. Hoy, el escenario vuelve a parecerse más al de los grandes juegos estratégicos del pasado. Pequeñas islas, puertos remotos y estrechos marítimos están recuperando una importancia que muchos habían olvidado. Diego García es uno de esos puntos diminutos que casi nadie podría ubicar en un mapa. Un puerto o un oleoducto pueden construirse en pocos años, pero protegerlos frente a crisis o cambios de gobierno es mucho más difícil.
Al mismo tiempo, en Washington comenzó a consolidarse una estrategia diferente. Estados Unidos volvió a concentrarse en el mapa físico del planeta. Esa decisión reordenó la historia del Istmo y consolidó a Estados Unidos como potencia marítima global mucho antes de la Segunda Guerra Mundial. El Canal convirtió la geografía en poder. Se gana con infraestructura, comercio, deuda y alianzas políticas que producen dependencia.
La importancia de Diego García no puede entenderse sin observar el panorama geopolítico más amplio. En el siglo XXI, la competencia no se limita a ejércitos masivos ni a batallas abiertas. También se decide en lugares pequeños, remotos y aparentemente irrelevantes. En esa lógica, Diego García adquiere una importancia especial. Quien controla el archipiélago puede vigilar las rutas marítimas que conectan el Golfo Pérsico con Asia y Europa. Controlar ese punto equivale a vigilar un corredor central del comercio mundial.
Desde la década de 1970 alberga una base conjunta del Reino Unido y Estados Unidos. Hoy sigue siendo una plataforma estratégica de primer orden. Desde Diego García despegaron bombarderos en la Guerra del Golfo y durante la invasión de Irak en 2003. Su posición permite que bombarderos de largo alcance alcancen el mar Rojo, el Golfo Pérsico y el estrecho de Malaca. También permite operaciones militares hacia África oriental, Medio Oriente y el sudeste asiático. Sirve además como apoyo para submarinos nucleares y para capacidades de vigilancia y seguimiento.
Sin embargo, la historia del atolón tiene una mancha que muchos prefieren ignorar. Entre 1968 y 1973, unos dos mil chagosianos fueron expulsados y enviados a Mauricio y Seychelles. Sus comunidades fueron desmanteladas y sus perros sacrificados. La disputa legal continuó por décadas. En 2019, la Corte Internacional de Justicia concluyó que el control británico era ilegal y recomendó transferir la soberanía a Mauricio.
El resultado es un escenario complejo en el que aliados formales pueden tener prioridades distintas. Pekín fortaleció su relación con Mauricio, el país africano que reclama soberanía sobre el archipiélago de Chagos, donde se encuentra Diego García. En 2019, Mauricio firmó un tratado de libre comercio con China, el primero de un país africano con Pekín. Algunos analistas creen que entregar la soberanía del archipiélago a Mauricio, aun con un arrendamiento militar, podría abrir la puerta a presiones geopolíticas futuras.
Mientras tanto, otro actor observa cuidadosamente la situación: India. Para Nueva Delhi, el océano Índico es su espacio natural de influencia. Durante años ha visto con preocupación cómo China expandía su presencia en islas y puertos de la región. India intenta ofrecer a los países del Índico una alternativa basada en cooperación económica y desarrollo. En dos décadas, China concedió préstamos y financiamiento por más de mil millones de dólares, una cifra enorme para un país de cerca de 1.3 millones de habitantes. La lógica china es coherente: si China logra tejer una red global de comercio e infraestructura, su influencia crecerá sin necesidad de confrontación militar directa. Sistemas de comunicación, infraestructura digital o acuerdos de seguridad pueden proporcionar información e influencia sin necesidad de desplegar tropas.